LA IMPULSIVIDAD Y LA ANGUSTIA QUE EXISTE DETRÁS DE ELLA.
En múltiples ocasiones me he encontrado con motivos de
consulta relacionados con comportamientos compulsivos e impulsivos, y para
poder reflexionar sobre estos términos considero que es importante que tengamos
claras sus definiciones: Las compulsiones son comportamientos o actos mentales
de carácter recurrente cuyo propósito es prevenir o aliviar la ansiedad o el malestar
Respecto a estas definiciones podemos decir que, aunque no
todos los comportamientos impulsivos necesariamente son compulsiones, todas las
compulsiones si las podemos catalogar como comportamientos impulsivos. Ambos
comportamientos pueden traer consecuencias negativas, sin embargo, las
compulsiones, por ser de tipo psicopatológico logran tener mayor impacto
negativo en diferentes áreas de la vida de la persona por ser repetitivos e
invasivos. Por lo anterior cada vez que hable de impulsividad o impulsos hablaré
también de las compulsiones.
Ahora que conocemos estos dos términos, quiero que pongamos
la mirada en el trasfondo emocional que hay detrás de ellos. Cuando recibo
casos relacionados con impulsividad me encuentro frecuentemente con frases como
“no se por que sigo haciendo esto”, “no puedo dejar de hacerlo” o “dejo de
hacerlo por un tiempo y siempre vuelvo a caer”. En mi rol de psicólogo logro identificar
el sufrimiento que hay detrás de estas frases: la frustración de sentirse
incapaz de dejar de hacer algo que parece hacer daño y no comprender el por qué
no se puede dejar de hacer. Esta es una experiencia angustiante y dolorosa que
lleva a la persona a sentir que ni siquiera puede tener control de sí mismo.
Por otro lado, también logro identificar como en muchas
ocasiones esta impulsividad se encuentra disfrazada de una fuerza irresistible
e inevitable, como si tuviera una autonomía que le arrebatara la libertad a
quien la padece (“es una fuerza que no puedo controlar”). Esta descripción es
prácticamente una manera de sacar el problema de si mismo y desplazar la
responsabilidad de las consecuencias, llevando a la persona a justificarse sin
darse la oportunidad de mirar hacia adentro para responder a la pregunta: ¿Por
qué lo estoy haciendo?
No conocer la respuesta a esta pregunta evidencia la poca
conciencia que la persona tiene de su problema y aunque dar respuesta a
esta pregunta no es un asunto fácil si se hace necesario llegar a ella para
poder avanzar en el proceso.
Es aquí donde la angustia juega un papel importante dentro
de los comportamientos impulsivos, porque estos comportamientos tienen casi
siempre un objetivo que está relacionado con una experiencia angustiante y una
emoción intensa asociada a ella. Emoción que cada persona vivencia de manera
única y particular, así como lo es también su respuesta a ella.
El dilema está en el hecho de que emociones son inevitables
y en ocasiones cuando son muy intensas pueden llegar a ser muy incómodas y
dolorosas, pero ¿Esto justifica que nuestra respuesta deba ser siempre la
misma? Es ahí donde se encuentra la falta de conciencia. Desde el enfoque que
manejo y mi experiencia me he dado cuenta de que las emociones simplemente son
reflejo de necesidades afectivas, por ejemplo, la soledad muchas veces
habla de una necesidad de vínculos, el miedo puede hablar de la necesidad de
sentirse seguro o la ira muestra la necesidad de poner límites. El hecho es que
a veces ni siquiera somos capaces de reconocer o darle nombre a la emoción que
se siente, por lo tanto, las decisiones que tomamos cuando las experimentamos
también son inconscientes y e impulsivas.
Acoger esas emociones, en ocasiones difíciles, es
fundamental para recuperar la autonomía perdida a causa de esa “fuerza
irresistible”, debido a que ahora la empezamos a ver como una necesidad
insatisfecha. Esto implica incluso cambiar la mirada que se tiene hacia sí
mismo, se trata de sentirse capaz de decidir qué hacer con esa necesidad, de
ser consiente que los impulsos, aunque pueden tener consecuencias, no definen mi
identidad y que tener el control de sí mismo es una experiencia valiosa y
tranquilizante que todos deberíamos tener la oportunidad de experimentar. Que bonito ha sido para mi como terapeuta
cuando mis pacientes se sienten así.
Llegar a este estado es todo un camino, no digo que no se
pueda andar solo, pero un buen acompañamiento con un profesional capacitado es
de gran ayuda para avanzar. Por ahora solo dejaré una pregunta para que
respondas en tu interior: ¿Atiendes o saboteas tus necesidades afectivas?
Recuerda que el cambio implica reconocer que tienes la libertad y la posibilidad de enfrentar la angustia de la vida de una manera diferente.
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