LA IMPULSIVIDAD Y LA ANGUSTIA QUE EXISTE DETRÁS DE ELLA.

En múltiples ocasiones me he encontrado con motivos de consulta relacionados con comportamientos compulsivos e impulsivos, y para poder reflexionar sobre estos términos considero que es importante que tengamos claras sus definiciones: Las compulsiones son comportamientos o actos mentales de carácter recurrente cuyo propósito es prevenir o aliviar la ansiedad o el malestar (De Castro, Garcia, & Ternera, 2019) y es un término que está principalmente relacionado con el trastorno obsesivo compulsivo. Por otro lado, la impulsividad por su origen etimológico la podemos relacionar con los impulsos, estás son decisiones rápidas que se toman sin medir sus consecuencias y que son movilizadas por un estado emocional intenso, pero que no siempre están relacionados con un trastorno mental.

Respecto a estas definiciones podemos decir que, aunque no todos los comportamientos impulsivos necesariamente son compulsiones, todas las compulsiones si las podemos catalogar como comportamientos impulsivos. Ambos comportamientos pueden traer consecuencias negativas, sin embargo, las compulsiones, por ser de tipo psicopatológico logran tener mayor impacto negativo en diferentes áreas de la vida de la persona por ser repetitivos e invasivos. Por lo anterior cada vez que hable de impulsividad o impulsos hablaré también de las compulsiones.

Ahora que conocemos estos dos términos, quiero que pongamos la mirada en el trasfondo emocional que hay detrás de ellos. Cuando recibo casos relacionados con impulsividad me encuentro frecuentemente con frases como “no se por que sigo haciendo esto”, “no puedo dejar de hacerlo” o “dejo de hacerlo por un tiempo y siempre vuelvo a caer”. En mi rol de psicólogo logro identificar el sufrimiento que hay detrás de estas frases: la frustración de sentirse incapaz de dejar de hacer algo que parece hacer daño y no comprender el por qué no se puede dejar de hacer. Esta es una experiencia angustiante y dolorosa que lleva a la persona a sentir que ni siquiera puede tener control de sí mismo.

Por otro lado, también logro identificar como en muchas ocasiones esta impulsividad se encuentra disfrazada de una fuerza irresistible e inevitable, como si tuviera una autonomía que le arrebatara la libertad a quien la padece (“es una fuerza que no puedo controlar”). Esta descripción es prácticamente una manera de sacar el problema de si mismo y desplazar la responsabilidad de las consecuencias, llevando a la persona a justificarse sin darse la oportunidad de mirar hacia adentro para responder a la pregunta: ¿Por qué lo estoy haciendo?

No conocer la respuesta a esta pregunta evidencia la poca conciencia que la persona tiene de su problema y aunque dar respuesta a esta pregunta no es un asunto fácil si se hace necesario llegar a ella para poder avanzar en el proceso.

Es aquí donde la angustia juega un papel importante dentro de los comportamientos impulsivos, porque estos comportamientos tienen casi siempre un objetivo que está relacionado con una experiencia angustiante y una emoción intensa asociada a ella. Emoción que cada persona vivencia de manera única y particular, así como lo es también su respuesta a ella.

El dilema está en el hecho de que emociones son inevitables y en ocasiones cuando son muy intensas pueden llegar a ser muy incómodas y dolorosas, pero ¿Esto justifica que nuestra respuesta deba ser siempre la misma? Es ahí donde se encuentra la falta de conciencia. Desde el enfoque que manejo y mi experiencia me he dado cuenta de que las emociones simplemente son reflejo de necesidades afectivas, por ejemplo, la soledad muchas veces habla de una necesidad de vínculos, el miedo puede hablar de la necesidad de sentirse seguro o la ira muestra la necesidad de poner límites. El hecho es que a veces ni siquiera somos capaces de reconocer o darle nombre a la emoción que se siente, por lo tanto, las decisiones que tomamos cuando las experimentamos también son inconscientes y e impulsivas.

Acoger esas emociones, en ocasiones difíciles, es fundamental para recuperar la autonomía perdida a causa de esa “fuerza irresistible”, debido a que ahora la empezamos a ver como una necesidad insatisfecha. Esto implica incluso cambiar la mirada que se tiene hacia sí mismo, se trata de sentirse capaz de decidir qué hacer con esa necesidad, de ser consiente que los impulsos, aunque pueden tener consecuencias, no definen mi identidad y que tener el control de sí mismo es una experiencia valiosa y tranquilizante que todos deberíamos tener la oportunidad de experimentar.  Que bonito ha sido para mi como terapeuta cuando mis pacientes se sienten así.

Llegar a este estado es todo un camino, no digo que no se pueda andar solo, pero un buen acompañamiento con un profesional capacitado es de gran ayuda para avanzar. Por ahora solo dejaré una pregunta para que respondas en tu interior: ¿Atiendes o saboteas tus necesidades afectivas?

Recuerda que el cambio implica reconocer que tienes la libertad y la posibilidad de enfrentar la angustia de la vida de una manera diferente.

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